Sostener la vida en condiciones dignas

Carmen Castro García

Encrucijada: El mundo no puede recuperar sin más un modelo que ya estaba roto. Urge una transformación ecosocial con perspectiva feminista.

Descubrimos la vulnerabilidad. Las estadísticas mostraban bolsas de pobreza, situaciones de marginalidad, hiperprecariedad, desamparo social, económico y violencia de género. A partir de esta pandemia, todas las alertas se han disparado, para quienes aún se resistían a reconocer la crisis civilizatoria, y se amplifican las desigualdades estructurales existentes, ya racializadas, marcadas por la clase y el género.

Una de cada cuatro personas estaba ya en situación de riesgo de pobreza o exclusión social, y eran los hogares monom(p)arentales (una madre al frente del 80%) y las mujeres quienes tenían mayor riesgo, según el último informe de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN). La brecha de género mostraba que algo no acababa de fluir para las mujeres: los indicadores de pobreza descendían más fácilmente entre los hombres.

Instituciones como la OMS insisten: “Los países necesitan datos segregados para comprender quién se queda atrás y por qué”; tanto ONU Mujeres como la OIT alertan de la necesidad de interpretar los datos aplicando análisis de género. El diagnóstico de los informes sobre impacto de género de la covid-19 coincide: el coronavirus tiene un coste más alto para las mujeres; están en primera línea, en el trabajo no remunerado de los hogares y en ocupaciones hiperprecarizadas claves para la supervivencia durante la pandemia; son mayoría entre el personal sociosanitario, de limpieza, empleo del hogar, ayuda y cuidados a domicilio, alimentación y supermercados. Las medidas de confinamiento y la parada económica han aumentado el trabajo de cuidados en los hogares, asumido por las mujeres, acrecentando el riesgo que implica para muchas vivir el aislamiento con su maltratador.

La pandemia revela que el modelo de negocio de la economía ortodoxa engorda con el desprecio por la vida, cuando esta no se refiere a la de las élites económicas y sociales; cuerpos, relaciones y procesos biológicos convertidos en mercancía sobre la que extraer plusvalía.

La frustración ante la fragilidad y la incertidumbre se amplifica al descubrir las fisuras de nuestro sistema público de cuidados, tras los recortes sanitarios, y la deshumanización de los centros de tercera edad y residencias gestionadas, en su mayoría, por multinacionales y fondos buitre pendientes de los beneficios. Difícilmente digerimos la información de las condiciones en algunos centros, y aún más en los casos en los que las muertes se podrían haber evitado de haber existido interés desde las instituciones por la calidad de los servicios privatizados. El revulsivo alimenta la indignación, como sentimiento colectivo y exige una ética aplicada a la economía, algo imbricado en el ADN de los movimientos altermundistas, feministas y ecologistas: la vida de las personas y seres vivos primero, antes que las ganancias de los mercados.

Emergencia climática

Por otra parte, la reducción de la contaminación del aire en las grandes ciudades, en más del 64%, como consecuencia de la parada económica nos dice que si queremos respirar mejor, ya sabemos que podemos hacerlo. Se trata de abordar la emergencia climática sin atacar los vínculos de la reproducción social, las relaciones que sostienen la vida, reorientando la organización material y económica de las sociedades para que no siga siendo a costa de la biodiversidad y de la calidad de los ecosistemas.

Ahora imaginen que conseguimos que esa lección perdure más allá de la covid-19, que incorporamos lo aprendido y dejamos de alimentar el falso imaginario de pretender volver a lo de antes. Durante el distanciamiento físico han aflorado semillas de cambio enraizadas en lo comunitario, la articulación social a través de las ventanas, balcones, redes de apoyo y cuidado entre la vecindad; es decir, hay espacio para culturas de barrio, modelos de relaciones económicas más cooperativas, sinergias y responsabilidad social compartida. Hemos conectado con la necesidad de aprender a vivir bien, desde la empatía social, ajustando el criterio de suficiencia y reduciendo el uso de recursos materiales; somos más conscientes de que el desarrollo tecnológico puede ser un aliado para la sostenibilidad de la vida y también todo lo contrario. Son muchas las aristas desde las que repensar el modelo económico, pero cualquiera de sus  dimensiones debería integrar una perspectiva feminista y diferentes horizontes, en función de la inmediatez de la respuesta, el sostenimiento del nuevo ritmo de vida y la transformación ecosocial; sin dejar a nadie atrás.

Pongámonos en marcha y evitemos que este ‘shock’ dé paso a una nueva fase de ortodoxia neoliberal

El escenario es complicado y resulta difícil gestionar los riesgos. Sin embargo, urge tomar otra dirección para que los intereses de la élite económica no vuelvan a confundirse con el interés general. En esta ardua tarea de articular la transformación económica poscovid-19 hay, al menos, cuatro ejes inspiradores.

Los cuidados como eje central de la reorganización ecosocial para configurar un sistema público de provisión de bienestar, reforzar la cobertura del sistema de cuidados y atención a la dependencia, con empleo público y abriendo espacio comunitario desde el que compartir la responsabilidad social de las actividades esenciales para el sostenimiento de la vida. En este abordaje de los cuidados hay cuatro movimientos transformadores a desarrollar: desmercantilizar, para que los cuidados queden fuera de los procesos de acumulación capitalista; desfamiliarizar, ubicando la responsabilidad de su provisión fuera de los hogares; desnaturalizar y despatriarcalizar.

Las soberanías vitales y las condiciones que dignifican el derecho a la vida. Se trata de ampliar la mirada de los derechos fundamentales, incluyendo el acceso a los recursos (alimentación, medicamentos, agua, aire limpio, energía, vivienda, tiempos) y las condiciones materiales que los garanticen. Ya no vale ponerse de perfil: urge garantizar un ingreso individual, incondicional y suficiente, deslaborizar la protección social y blindar desde lo público el sistema de producción y distribución de los recursos básicos para la vida.

Democracia económica como criterio regulador del tejido ecosocial, desde las economías locales, con circuitos cortos de producción y facilitando la participación directa de la sociedad. Esto abre paso a la economía social y solidaria, así como a alianzas transformadoras por la corresponsabilidad con el bienestar, la igualdad y el progreso.

Justicia redistributiva de trabajos, tiempos y rentas. Requiere reorientar la estructura del gasto público para no dejar a nadie atrás, y también una amplia reforma del sistema fiscal, reforzando su progresividad para garantizar la corresponsabilidad de las grandes riquezas monetarias y rentas de capital, así como el desmantelamiento de los mecanismos de evasión y guaridas fiscales.

Pongámonos en marcha y evitemos, ante todo, que este shock dé paso a una nueva fase de la ortodoxia neoliberal.

Artículo publicado originalmente en la Revista Alternativas Económicas

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